No hay crisis sin oportunidad. En múltiples escuelas de negocios se estudia a diario la gestión de la crisis como un manejo hábil de situaciones, independientemente de la voluntad de los directivos, a las cuáles hay que dar una respuesta lo más óptima posible sí o sí. Es decir, equipos de directivos de todas las partes del mundo aprenden a afrontar con el mayor de los éxitos situaciones no esperadas y no deseadas, buscando en este tipo de circunstancias hostiles una respuesta inteligente, incluso fértil.

Y un gran número de expertos, de docentes y consultores conocedores de las organizaciones y de sus capitales humanos también diariamente aconsejan fundar cualquier cambio, inducido o no inducido desde el liderazgo en los valores.

Mucho se habla de valores,posiblemente porque sin ellos sabemos que llegamos adonde estamos.

El liderazgo en sí mismo,es una manera de hacer que parte de una manera de entender y de interactuar, con uno/a mismo/a y con los demás.

Una cultura rica en valores que inciten y guíen a la persona hacia una mejora personal, respetuosa y consciente con y para la realidad de uno mismo y del otro, que abarque el bienestar desde la autoconciencia, la responsabilidad y el compromiso, es el paraguas del cambio sólido y vitamina eficaz para alcanzar la plenitud personal y social.

Por contra, cuando el rumbo es a la deriva, cuando los pilares emocionales no son sólidos, lo material es reflejo de lo más interno, de lo más subyacente, de lo cultural que anida en el individuo y en la sociedad como veneno que destruye poco a poco.

Afrontar la crisis, el cambio, con robustez, con la seguridad que otorga la honestidad, es un muy buen comienzo. Aprender de los errores, ser humilde y tender la mano hace a la persona sabia y fuerte para afrontar, elimita las ideas limitantes y genera factores de éxito ante lo que decida emprender, tanto en el plano personal como profesional.

La libertad de elegir el camino, y de elegir el correcto, marca la ruta y hace llegar a la meta. Las heridas provocan cicatrices pero cuando se aceptan y se integran en la nueva realidad, el cambio ya está previsto. Es en ese momento en el cual surge la oportunidad.

Con la convicción de enfocar hacia un futuro próspero, sacando partido de la adversidad, actuando con valores dignos, equilibrados, sostenibles y firmes, tales como el respeto, el esfuerzo, la honestidad y el afán de diálogo en pro de la verdad se puede construir una vida que valga la pena vivir.

Cuando la intención es limpia y el corazón grande la persona brilla, el potencial propio se comparte y arrastra maravillosamente a aquel que posea en sí las mismas capacidades, puede que esa sea una buena fórmula para hacer el mundo mejor.

¿Y si limpiando nuestras vivencias emocionales pudiéramos mejorar nuestras vivencias materiales? ¿ Y si la clave estuviera en dejar fluir el amor?