Expectativas, proyectos, ilusiones y…decepciones.

Niños, jóvenes y adultos lo vivimos pero de distinta manera.

El niño se embarca en las ilusiones de manera intensa pero pasajera. Vive el momento con ímpetu, distruta y se va. Su mirada es móvil y su dedicación temporal. A veces, no se queda lo suficiente, está aprendiendo a aprender y la capacidad de esfuerzo está en proceso, la constancia no es su fuerte.

El niño crece y se transforma en adolescente, en joven. En esta etapa evolutiva ya dispone de una cierta experiencia, conoce algunas causas y consecuencias. Sus valores son heredados, no propios, y debe revisarlos, para aceptarlos como suyos o para cambiarlos por otros más acordes, y esa tarea requiere investigación, esfuerzo y error. Su vida debe ser apuntalada sobre valores propios. Para ello, el joven ha de llevar a cabo una inmersión en el mundo adulto, la juventud es, por tanto, una etapa de prueba, de disconformidad, de duda y de rebeldía. La novedad es previsible que atraiga, por primera vez en su vida él elige y ejecuta sin que un adulto tome las decisiones previas.

Así, de los errores y los éxitos en su pilotaje ante la vida autónoma, que aparece cuando las hormonas suben el telón y muestran el camino hacia la experiencia, que invita a ser recorrido, nace un abanico de respuestas defensivas y de afrontamiento, compatibles con modelos de ejecución propios de los adultos que, de entrada, facilita el poder diferenciarse de aquellos adultos que le criaron.

Y de esta manera, normalmente, por ensayo-error, se instala en el mundo que le toque vivir, donde otros como él también lo hacen, conviviendo e interactuando también con aquellos adultos más veteranos.

Cuando el adolescente, el joven se inicia es importante que sea capaz de establecer mecenismos de defensa flexibles, que lo haga sobre valores tales como la autoconfianza, la autoestima, la empatía y la autonomía. Así, poco a poco, irá aprendiendo a liderar su propia vida, apotándose valor a sí mismo/a ante el éxito y, sobre todo, ante la dificultad.

Y, así, el adolescente ya algo experimentado, se convierte en adulto, o el paso del tiempo le obliga a hacerlo.

Ser adulto, por tanto, debiera ser una cuestión de madurez.

Pero no podemos olvidar que, debajo del fornido adulto, yace, a veces, escondido, un niño que jugó poco… o demasiado, que no experimentó el miedo o que, por el contrario, vivió en él hasta ser neutralizado, paralizado, que fluyó observando y descubriendo, o que no fue así y sintió cómo le cortaban las alas.

También podría darse el caso de que debajo del adulto pueda vivir, recluido, un adolescente indeciso que no probó, que no removió los valores heredados hasta quedarse con los suyos propios. Puede que los valores que le sustentaran de niño, esos mismos valores impuestos, le quebraran o no le sirvieran después en la adolescencia y, en cambio, el miedo, la indecisón, los prejuicios, le impidieran hacer un sano reajuste de sus creencias, hasta que éstas se convirtieron en limitantes, permaneciendo instaladas artificialmente en su escala de valores.

Cuando las etapas evolutivas no se resulven favorablemente – y el concepto “favorable” es distinto para cada persona y para cada momento vital – las asignaturas quedan pendientes aunque el transcurso del tiempo natural nos obligue a ir pasando de curso y de página.

A la llegada en la vida adulta, ante las responsabilidades en relación a la profesión, a la pareja, con los hijos, respecto a la autogestión económica o emocional, ante descalabros que pueden suceder, contratiempos que aparecen, oportunidades que hay que saber aceptar… el adulto necesita re-aprender y re-enfocar, fijando nuevas pautas, nuevas direcciones a seguir, nuevos conceptos desde donde afrontar.

Ser conscientes y estar presentes ante nuestro ser, atender a nuestra persona desde nuestra propia identidad, nos proporciona compañía fiable y útil para, también, poder atender con éxito a los demás desde una postura cómoda, consciente y honesta.

El rol del Life Coach, o coach personal, es el de acompañar y guiar el desarrollo de la persona para que encuentre y ejecute lo mejor de sí.